La “Tierra Santa” de las 3 (tres) grandes religiones monoteístas.
El mismo viaje hacia la mítica Jerusalén ya es mágico. Donde fuera que uno se detiene, ha sido lugar de paso de Abraham, Cristo o Mahoma.
Caminar a lo largo de las murallas de la ciudad vieja, acercarse al Muro Occidental (“De los Lamentos”) y participar de los rituales de rezo diario, dejar mensajes para Dios escritos en papel y esconderlos entre las piedras del muro o hacer el recorrido de la “Vía Dolorosa” las calles por las que Jesús arrastró la cruz antes de su crucifixión, oyendo a su vez las llamadas a la oración del Islam que se mezclan con el ruido mundano de los vendedores de los bulliciosos mercados.
El Monte de los Olivos y una vista panorámica de la ciudad.
Y si en tu estancia hay un “Sabbath”, no dejes de recorrer las calles de “Mea Shearim” con tu “Kipá” sobre tu cabeza para recordarte siempre la presencia de Dios.
Escarparse un día hasta la histórica “Massada” y flotar en el Mar Muerto, el punto más bajo del planeta con sus cálidas y saladas aguas y su lodo , rico en minerales que han atraído a muchos visitantes desde tiempos remotos.
Saliendo de Jerusalen podrás visitar Nazaret y la basílica de la Anunciación, Belén y su basílica de la Natividad, Galilea y sus Kibutz, Eilat y sus playas de cara al Mar Rojo, muchas opciones y muchos contrastes.
Certeramente esta región en los mapas antiguos aparecía marcada como “El Centro del Mundo”.