Varias veces visité Japón sorprendiéndome por su gran modernismo y su apasionado arraigo a sus milenarias tradiciones.
La futurista Tokyo equilibrada por la antigua Kyoto nos dan muestra del perfecto balance que ostenta Japón entre la vanguardia y la milenaria cultura de su pueblo.
Japón, con sus calles tan silenciosas que a uno lo convocan al respeto y apacible convivencia aún entre grandes multitudes desplazándose de un lado a otro… Con sus habitantes tan correctos y respetuosos de los demás. Con sus templos de religiones diferentes pero afines, unos juntos a los otros. Con sus parques y jardines tan cuidados, el amor por los árboles, los estanques con parcas, la tranquilidad. Las luces, las máquinas expendedoras, las estaciones de tren tan ordenadas, ¡con su limpieza!
Tokio es la ciudad más limpia que he visitado, no por la ausencia de basura en sus calles, sino por la ausencia de tachos de basura. La más ordenada.
Y entre tantas otras ciudades imperdibles, la bella Kyoto y sus innumerables antiquísimos templos donde la práctica del Budismo Zen sigue convocando a la meditación en un silencio personal que se rompe con la enorme variedad de ruidos que nos regala permanentemente la madre naturaleza.
